ÁGUILA PERDICERA (Hieraaetus fasciatus)

                          Fotografía: Manuel Otero Pérez

 

 

 

 

Canto del Águila perdicera.......

 

 

 

 El Aguila-azor Perdicera,Hieraaetus fasciatus,es un pájaro extraordinario, tanto por su agresividad como por la constancia que muestra en ocupar durante todo el año un reducido territorio.

El macho adulto de la subespecie fasciatus, que es la que habita en la Península Ibérica, tiene la cabeza, el dorso y la espalda hasta el nacimiento de la cola, de color marrón oscuro negruzco en la mayoría de los individuos, con pequeñas manchas blancas debidas a la base blanca de las plumas. La cola es grisácea con un ligero tinte marrón, con una ancha banda subterminal negra y cinco o seis barras muy estrechas de color marrón oscuro. Las plumas primarias de las alas son muy oscuras, mucho más que el resto de las alas, y es nota muy distintiva aunque el águila las tenga bien extendidas. La garganta es blanca con rayas parduscas. Las partes inferiores son blancas con un profuso moteado de manchitas en forma de gotas de color marrón oscuro o negro. La cola por debajo es a menudo algo más oscura, casi marrón grisácea, debido a la profusión de rayas muy finas. La parte inferior de las alas es marrón oscuro o negro desde el cuerpo hasta el vértice flexor, siendo más pálidas y finamente rayadas las plumas de vuelo, salvo los extremos de las primarias que son muy oscuros. El iris, la cera y los pies son amarillos. Ambos sexos son semejantes en el color del plumaje, pero la hembra tiene un tamaño bastante mayor y el dorso no es tan oscuro, sino algo más pardo. Las águilas jóvenes tienen la cabeza de color marrón claro, lo mismo que el cuello, y ambas partes están muy rayadas de negro. Por encima son marrones, algo rojizas, no negruzcas como los adultos. Por debajo el color es más bien acastañado claro con rayas finas en el pecho. La parte inferior de las alas es parda, muy clara, incluso más que el cuerpo. La cola es marrón grisácea por encima con estrechas bandas marrones. En su segundo año este color se oscurece y se le aprecia una banda subterminal en la cola de color castaño, mucho más clara que en los adultos, lo mismo que el cuerpo, que es más claro, y el rayado se convierte en un punteado. En esta edad los ojos son marrones y la cera y los pies amarillos. El plumaje total de adulto lo adquieren a los tres o cuatro años de vida.

El Aguila-azor Perdicera es un pájaro de tamaño medio, más bien grande, pues una hembra puede tener las dimensiones de un macho pequeño de Aguila Real Aquila chrysaetos, aunque ésta es mucho más pesada y tiene también una superior envergadura. Cuando vuela se aprecia en la perdicera que sus alas son relativamente cortas y redondeadas y la cola es larga. El color de las alas parece oscuro en contraste con el blanco del cuerpo, y éste es un buen detalle para identificarla cuando se la ve volar.

El Aguila-azor Perdicera es un ave de zonas montañosas, a una altura superior a los 2.000-2.500 metros sobre el nivel del mar. Resulta ser muy fiel a un determinado lugar y cada pareja permanece en un reducido territorio todo el año. Las águilas inmaduras probablemente constituyen la mayoría del pequeño contingente que se observa durante el otoño por provincias españolas alejadas de zonas habituales de nidificación.

Se trata de un ave de presa en el más exacto sentido de la palabra, ya que es muy agresiva para otras especies, incluso las de mayor tamaño como el buitre, al que ataca con frecuencia cuando sus territorios están próximos. Entre el Aguila Real y el Aguila-azor Perdicera existe una gran similitud ecológica y biológica, por lo que se presume una competencia grande entre ambas especies en los lugares donde sus áreas de reproducción se sobreponen. G. Cheylan (1973) resume sus experiencias sobre el comportamiento de las dos águilas en un caso en que sus territorios parecían estar muy delimitados. La frontera no estaba materializada por el relieve geográfico, pero ambas especies los respetan aunque dé la impresión de que los límites son vigilados por ellas. Hieraaetus fasciatus, a pesar de su menor tamaño, domina a Aquila chrysaetos y la obliga a permanecer en su zona. Sin embargo, también apreció que en territorios donde han criado durante años consecutivos las águilas perdiceras, al desaparecer éstas su sitio es ocupado por el Aguila Real. Sobre la agresividad hacia las demás aves de presa y córvidos realizó un estudio muy completo el ornitólogo Charles Vaucher, la mayor parte de él referido a zonas españolas de Andalucía (Sierras de Ronda y Cazorla), los Pirineos y macizos aislados de Navarra y Aragón. La mayoría de las paredes rocosas donde el Aguila-azor Perdicera anida están ocupadas por nidos de otras aves, con algunas de las cuales convive, pero con otras tiene establecida una verdadera guerra, variable en intensidad por causas no muy bien comprendidas. Vaucher no pudo observar, por ejemplo, ninguna agresividad hacia el Alimoche Común Neophron percnopterus, que generalmente se reproduce en entrantes de acantilados próximos. Unicamente vio a una pareja de estas aves perseguir a un Aguila-azor Perdicera joven recién salida del nido.

Sin embargo, la agresividad y los ataques hacia el Buitre Leonado Gyps fulvus son muy manifiestos y sobre todo intensos cuanto mayor es la población de esta especie anidando cerca del Aguila-azor Perdicera. Ataca a los buitres cuando éstos vuelan en giros en número de 40 a 100 individuos en un radio de 100 a 250 m. de su nido. Pero no ataca a los que aisladamente pasan con regularidad a lo largo de la pared rocosa, a muy pocos metros de ella, o de su nido. Las águilas parecen irritadas por las grandes concentraciones de buitres que se dispersan con un solo ataque. Este tiene siempre lugar de manera imprevisible y por sorpresa. El águila se lanza en picado desde gran altura sobre una víctima determinada, proyectando sus patas hacia adelante con las garras abiertas en el último momento. El ataque es como el que efectuaría un halcón, y lo acompaña con un grito estridente. En él trata de alcanzar el cuello sin plumas del buitre y, cuando lo consigue, Vaucher asegura que las heridas pueden ser mortales si las garras del águila alcanzan la yugular o una vena carótida. Los buitres al ser atacados se dispersan aterrorizados y el Aguila-azor Perdicera abandona el ataque con frecuencia sin ni siquiera haber tocado su objetivo. En Navarra y Aragón, donde las colonias de buitres están más diseminadas y son mucho menos numerosas que en Andalucía, éstos ataques son más raros ya que las águilas pueden encontrar lugares donde anidar sin entrar en concurrencia con otras especies. Vaucher estima que como el águila pasa a veces indiferente ante las colonias de buitres hay que considerar la agresividad como hecho ocasional y dictado por las condiciones locales y particulares de la nidificación de las dos especies.

Cuando coinciden Aguila Real y Aguila-azor Perdicera en un mismo territorio, la agresividad de esta última especie parece exacerbarse y los ataques son continuos aunque siempre rehuidos por el Aguila Real. Igualmente violentos son los atestiguados por Vaucher hacia el Milano Negro Milvus migrans, de los que éste, como es natural, sale perdiendo y probablemente en muchos casos es muerto por el águila.

Otras especies como el Halcón Peregrino Falco peregrinus, el Cernícalo Vulgar Falco tinnunculus y el Cernícalo Primilla Falco naumanni atacan al Aguila-azor Perdicera cuando sobrevuela sus territorios, pero ella no los ataca nunca. El Cuervo Corvus corax es alejado cuando se aproxima al nido del águila, pero es mucho más frecuente observarlo persiguiendo a aquélla a veces a velocidades muy grandes, aunque estos ataques para el águila no ofrecen peligro alguno.

El Aguila-azor Perdicera pasa mucho tiempo planeando sobre el territorio elegido para la caza. Vaucher compara el vuelo de caza al de un Halcón Peregrino o un Azor Común Accipiter gentilis. La nerviosidad, la rapidez, la potencia, la habilidad y los fulgurantes reflejos de este águila, hacen que sea un pájaro cazador muy notable y sobre todo ágil para su talla. Al lado de sus altas cualidades de vuelo tiene también una fuerza sorprendente y unas garras como las del Aguila Real. Su visión es extraordinaria y puede distinguir presas situadas en el suelo a distancias de 500 a 800 m., aunque éstas se mimeticen perfectamente con la tierra. Si en lanzamientos en picado sobre la presa es cien por cien eficaz, no lo es menos cuando descubre a su víctima desde un posadero. Entonces hace gala de una gran astucia y aprovecha los accidentes del terreno para volar rápidamente hasta las proximidades de la presa y allí, en un rápido giro, atacar por sorpresa. Sus garras son, muy fuertes, pero hay que añadir que en ellas llama mucho la atención la grande y fuerte uña posterior, más larga incluso que la del Aguila Imperial Aquila heliaca, pájaro mucho más pesado y fuerte.

Durante el día pasa mucho tiempo planeando a gran altura sobre su extenso territorio, concentrando sus vuelos en especial sobre el de caza, más pequeño y en el que ella conoce bien la debilidad por un posadero o bebedero determinado de sus próximas víctimas. La captura de pájaros al vuelo ha sido atestiguada numerosas veces por los ornitólogos. Jesús Elósegui describe una observación en Bigüezal (Navarra) de un ataque fallado a un bando de palomas torcaces Columba palumbus, tras un picado casi en vertical, difícil de cuantificar, pero que sería de más de 800 m. en vertical. No hay duda que lanzándose desde tan gran altura su oportunidad de cazar con éxito disminuye, si no media el factor sorpresa en su víctima. Normalmente el Aguila-azor Perdicera vuela a alturas comprendidas entre 100 y 200 m., desde donde la posibilidad de tener éxito en los vuelos en picado es mucho mayor.

El Aguila-azor Perdicera es un pájaro bastante silencioso, pero durante los vuelos nupciales y en el nido, se le puede oír un dulce y aflautado «klií-klíu-klíu-klíuiit», repetido con rapidez. Si está excitada, este sonido es mucho más sibilante: «kliuííí-kliuíí» o un repetido «¡ki-ki-ki !». En general su voz es emitida en tono bastante bajo y es, por supuesto, menos áspera, más dulce y aflautada que la del resto de las águilas.

En la Península Ibérica, varios ornitólogos han estudiado las presas que esta especie lleva al nido y que son determinantes en buena parte de la alimentación general del Aguila-azor Perdicera. Sin duda, el nombre español está muy adecuadamente puesto, ya que, como se verá, la gran mayoría de las presas son perdices comunes. Su régimen alimenticio general no es muy diferente del de otras especies de aves de presa, aunque parece haber en su dieta una buena proporción de pequeños y medianos mamíferos hasta el tamaño de una liebre. También son frecuentes los ataques a las gallinas domésticas y sus pollos, formando las aves el 50 por ciento de su dieta. Sin embargo, son pocos los reptiles que captura y en los nidos no abundan las observaciones de lagartos.

Elósegui, Meaurio y Seniosiaín (1973), que han estudiado varios nidos en Navarra, anotan presas de Perdiz Roja Alectoris rufa y Conejo Oryctolagus cuniculus en gran parte y también Lagarto Ocelado Lacerta lepida (1), Grajilla Corvus monedula y Chova Piquirroja Pyrrhocorax pyrrhocoras. Garzón (1973) en la zona montañosa del centrooeste peninsular encuentra en los alrededores de cinco nidos, presas de Conejo (11), Liebre Lepus capensis (3), Zorro Vulpes vulpes (1 juv.), Carraca Coracias garrulus (1). Suetens y Van Groenendael (1971), que estudiaron varios nidos en zonas montañosas del sur de la Península en años consecutivos (1968-69-70), observan presas fundamentalmente de Perdiz Roja. Así de veintiuna aportadas al nido, quince eran de esta especie y el resto de Grajilla, Conejo, Liebre y Rata Rattus spp.

G. Cheylan (1972) estima que la ración diaria del Aguila-azor Perdicera puede ser evaluada, por analogía con otras especies, en 200 ó 300 gr. de carne y que sus presas más habituales en Europa, la Perdiz Roja y el Conejo, pesan entre 500 y 1.500 gr. Por consiguiente una sola captura al día es, en general, suficiente para alimentar a los dos miembros de la pareja. Para presas más grandes, liebre, por ejemplo, es imposible decir si las águilas vuelven a la mañana siguiente a consumir los restos de la carroña o la abandonan. La hipótesis más probable es que comen entonces una cantidad inhabitual de alimento que les permite ayunar varios días consecutivos. No hay ningún dato fidedigno para determinar a qué hora del día se efectúan las capturas de las presas fuera de la época de la reproducción, pero parece probable que sea en las primeras horas de la mañana, en que las mismas presas tienen una superior actividad y se concentran en grupos para comer y beber en lugares ya conocidos por el águila.

Hidalgo y Rodríguez escriben en Ardeola (1970), que en cierto lugar del sur de España un guarda mató un Aguila-azor Perdicera que se había aquerenciado a un pequeño eucaliptal y que atacaba las gallinas de un cortijo inmediato, a pesar de que estaba próxima una marisma con abundancia de anátidas, limícolos y sus pollos.

El ciclo diario del Aguila-azor Perdicera durante la mayor parte del año ha sido estudiado en detalle por G. Cheylan en un incomparable trabajo (Alauda 1972) y a él vamos a seguir en la descripción de sus costumbres.

La especie es prácticamente sedentaria y las parejas que se unen durante toda la vida ocupan territorios en general montañosos con acantilados o precipicios de bastante altura, eligiendo para instalar sus nidos las grietas o entrantes en las paredes rocosas, siempre procurando que un saliente sobre estas repisas les proteja de los agentes atmosféricos. De este modo, los adultos frecuentan la zona donde van á criar con más o menos asiduidad durante todo el año y tienen en ella un posadero fijo. Las águilas perdiceras se desplazan, como ya se ha dicho, a buena altura y son por ello difíciles de observar. El alcance visual de las águilas perdiceras vagabundeando por su territorio es extremadamente difícil de calcular y por ello se hace imposible estimar la extensión de la zona donde desenvuelven todas sus actividades. Las observaciones efectuadas en varios meses del año (abril, mayo, agosto, septiembre, octubre), han permitido evaluar una extensión mínima del territorio de 140 km. cuadrados, es decir, un rectángulo de 14 km. por 10 km. que comprenda toda una montaña. Pero este área puede ser mayor aún y alcanzar los 200 km. cuadrados. Sin embargo, el cálculo anterior ha servido para países como Francia, en el que estas águilas son extremadamente escasas (30 parejas, Terrasse 1965), pero no para determinadas zonas del sur de la Península Ibérica, donde su densidad es mayor y dos o tres parejas pueden anidar increiblemente próximas. Aunque las águilas abarcan en sus vuelos un gran espacio, en realidad la mayor parte de su vida, los sucesos más importantes transcurren en un espacio no superior a un kilómetro cuadrado.

En noviembre, diciembre y enero se puede notar que la actividad de las águilas es siempre más intensa, puesto que los largos períodos del día que antes pasaban posadas, son ahora sustituidos por continuas idas y venidas. Es en estas fechas cuando comienzan los espectaculares vuelos nupciales y la proximidad de la época de reproducción parece incitar a los pájaros a una mayor actividad. Estos vuelos consisten en círculos sobre el lugar escogido para anidar con rápidos descensos en picado con alas medio plegadas, seguidos de veloces ascensos y ocasionales aleteos. Al comienzo de la estación de cría planean durante largos intervalos sobre su territorio y su voz se oye con bastante regularidad. La elección del lugar donde se va a construir el nido es hecha por las águilas tres meses y medio antes, aunque Blondel (1969) determinó fechas no tan precoces (noviembre). Como en otras aves de presa, se estimaba que el nido era construido solamente por la hembra, pero Cheylan pudo comprobar, sin lugar a dudas en su caso, que el macho realizaba casi toda la misión, mientras la hembra permanecía posada en un árbol próximo. En realidad, el aporte del material se efectuaba por ambos adultos al principio, pero a medida que se aproximaba la puesta, el macho quedaba solo realizando el trabajo. Los nidos normalmente son instalados en repisas de acantilados o paredes rocosas. verticales, siempre a gran altura sobre precipicios de 45 a 80 m. de profundidad. Algunas veces se han observado en árboles, pero más a menudo en un entrante rocoso protegido por un gran arbusto que nace en la misma pared. El aporte de material a base de palos y ramas gruesas, muchas de espesor superior a dos centímetros, acaba formando un gran montón con frecuencia de un diámetro de dos metros y que puede tener un espesor de 60 cm. Suetens y Van Groenendael (1971), describen un gran nido estudiado por ellos en el sur de España, que cubría en una cornisa una longitud de 2,30 m., siendo su anchura la misma de la repisa, 75 cm., con un espesor de 25 cm. Los materiales eran sobre todo ramas de olivo que los adultos estuvieron aportando durante toda la cría. El interior estaba forrado de hierba. Con frecuencia, las grietas o repisas donde está situado el nido son tan estrechas que parece que el nido y su contenido van a caer al abismo de un momento a otro. En general, se estima por los ornitólogos que han observado la especie que los nidos son desproporcionados por su gran tamaño al del Aguila-azor Perdicera. Un nido puede ser usado año tras año y es raro que una pareja ya establecida de antiguo en una zona inicie la construcción completa. Más corrientemente aprovecha restos de otro anterior de ella misma o de otra pareja desaparecida. Así que más que construcción de nido puede hablarse de aportación de material sobre otro ya usado. En este caso se dan los nidos de mayor volumen que vistos desde abajo o de lejos parecen más propios del Aguila Real.

La puesta normal para esta especie es de dos huevos, algunas veces uno y rara vez tres. En general el color del fondo es blanco y están punteados o rayados de marrón y violáceo y son dejados en el sur de España en los últimos días de enero o primeros de febrero y muy poco más tarde en el norte. Araujo et al. (1974) dan cuenta del primer dato de una puesta de tres huevos de Aguila-azor Perdicera en el centro de España, con la particularidad de que los tres pollos nacidos volaron sin novedad. La escasez de casos como éste es evidente. Así, Heim de Balsac y Mayaud (1962), en 53 puestas de esta águila controladas en el noroeste de Africa, solamente señalan dos o tres huevos. L. Brown y D. Amadon, para 120 huevos sin indicación de origen, dan un promedio de 69 x 54 milímetros.

La incubación parece comenzar con la puesta del primer huevo y la mayor parte de ella corre a cargo de la hembra, que lo hace durante toda la noche y el 90% del día. En este período, el macho aporta presas al nido, pero no con la regularidad que lo hacen otras aves de presa, y sin que se puedan conocer los motivos, algunos días falla en su trabajo, lo que obliga a la hembra a efectuar salidas y capturarlas para alimentarse, a veces, sorprendentemente en compañía del macho.

El nacimiento de los pollos se produce con 24 horas de intervalo según Cheylan y de 3 días según Blondel. Al nacer los pequeños aguiluchos están cubiertos con un plumón blanco y tienen una mancha gris cerca de los ojos. Las patas y la cera son amarillo pálido y el iris marrón grisáceo.

En los primeros días la hembra no se mueve apenas del nido, saliendo a intervalos no superiores a media hora a un posadero próximo donde peina el plumaje. El macho aporta un mínimo de 3 presas diarias, y como la hembra no caza a no ser por una gran necesidad, las presas sirven también para alimentarla. La llegada al nido del macho con la comida es a veces precedida de un grito ¡klía-klía!», pero en la mayoría de ellas su entrada era muy silenciosa. La hembra emite siempre un grito lastimero y dulce: ¡kliiieee-kliiieee... !»

Las primeras plumas aparecen sobre el cuerpo de los pollos a los 25-35 días y a los 45 ya lo cubren todo. En esta edad los aguiluchos pueden comer ellos solos, pero como sucede con otros muchos animales algunos jóvenes muestran gran torpeza y deben ser alimentados por la hembra hasta una semana antes de volar.

Se dice que, generalmente, uno de los pollos, el nacido primero, más fuerte, mata al otro y que únicamente un 20% de las puestas se logran completamente. Sin embargo, no parece que este caso se dé con frecuencia en los nidos estudiados en la Península Ibérica y es más corriente un mayor porcentaje de jóvenes águilas que salen del nido. Aun en el supuesto de que los jóvenes coman solos, lo que parece normal, como se dijo, a partir de determinada edad, la madre permanece, sin embargo, cerca del nido. Cuando aquéllos vuelan normalmente, la familia puede ser observada planeando junta sobre el territorio, volviendo al nido al anochecer, efectuando este ciclo durante varias semanas más antes de dispersarse (un tiempo no superior a dos meses). Cheylan estima, según sus observaciones directas, que el primer pollo en volar lo hace a corta distancia del nido a los 62 días del nacimiento y el vuelo definitivo no se efectúa antes de los 70 días. Blondel da 61 días para el primer vuelo de un aguilucho hembra. Dos o tres días más tarde vuela el otro. También el mismo ornitólogo estima que a los 33 días de vida ya pueden ser distinguidos por el tamaño los sexos de los aguiluchos. La hembra es entonces notablemente más gruesa y fuerte que el macho. Desde el momento en que los jóvenes vuelan, emiten constantemente el mismo grito de los adultos, que puede ser escuchado a un kilómetro de distancia.

El Aguila-azor Perdicera prácticamente no tiene más enemigo que el hombre, y es de esperar, que esta especie pueda ir poco a poco aumentando sus exiguos efectivos. Respecto a esto hay que decir que en el territorio peninsular la mixomatosis declarada en los conejos no hay duda que ha hecho disminuir las posibilidades de subsistencia de las águilas, aunque la adaptabilidad para alimentarse de otras presas también asequibles, ha sido muy grande y perdices y lagartos parecen ahora ser las principales víctimas hasta que el conejo haya superado la grave crisis. Respecto a la persecución de que siempre el Aguila-azor Perdicera ha sido objeto en España, no debe terminarse esta descripción sin hacer referencia a las vicisitudes por las que pasó una pareja de águilas de esta especie en cierto lugar de la provincia de Almería y que fueron descritas por Antonio Cano y E. R. Parrinder en British Birds (1961). Todo empezó en febrero de 1958, cuando un macho de Aguila-azor Perdicera que había sido muerto de un tiro, fue entregado en el Laboratorio del Instituto de Aclimatación de Almería. De esta manera se tuvo conocimiento de que una pareja de estas águilas había estado anidando en una pared rocosa de cierto lugar de la provincia durante muchos años y a ella pertenecía el macho muerto. A mediados de marzo Cano y Valverde visitaron el lugar y encontraron un nido viejo desocupado. Pocos días más tarde, descubrieron algo más lejos el nido al que pertenecía el macho muerto. Estaba en un lugar peligroso y no muy accesible, pero los ornitólogos pudieron llegar a él y hallar dos pollos de siete u ocho días de edad sobre un lecho de ramas cubiertas con retama y esparto. Los aguiluchos eran cebados por la hembra y se supuso que al morir el macho estaba en plena incubación y ésta no fue abandonada. En visitas sucesivas, Cano pudo contemplar cómo la hembra cebaba los pollos y con preferencia el que estaba menos desarrollado, al que alimentaba con pequeños trozos de lagarto. Desafortunadamente este nido fue destruido por furtivos y los pollos, muertos. En 1960 nuevamente las águilas criaron en el acantilado, pero cuando los naturalistas acudieron con ánimo de fotografiarlo y estudiar el nido, los pollos ya muy crecidos habían desaparecido. Al día siguiente se recibió aviso en el Instituto de Aclimatación de que los pollos estaban vivos y en Almería. Cuando fueron llevados al Instituto parecían muy débiles y casi a punto de morir. Llevados al nido después de ser alimentados a la fuerza, los adultos continuaron cebándolos como si no hubiera pasado nada. Por cierto que la carne que Cano había dejado en el nido dos días antes estaba intacta y además había restos de lagarto, teniendo los pollos los buches bien repletos. La cría se desarrolló bien y los ornitólogos pudieron hacer excelentes fotografías y observaciones. Cano y Valverde determinaron restos de Conejo, Perdiz Roja, un pichón de paloma, especie no identificada con seguridad, y plumas de Roquero Solitario Monticola solitarius. Los demás restos encontrados correspondían a Lagarto Ocelado. La preferencia por este reptil en el dudoeste de España parece bien comprobada, incluso con datos aportados por Valverde para un nido estudiado por él en Alicante. Desafortunadamente también este nido fue destruido y quemado antes de que los aguiluchos volasen. Lo mismo sucedió con el construido por, presumiblemente, la misma pareja al siguiente año. Decididamente, el Aguila-azor Perdicera no era popular entre los campesinos de la región, por atribuirle la mayor parte de la depredación sobre aves de corral y especies cinegéticas.

En Europa ocupa esta especie la Península Ibérica, Grecia y el sudeste francés, donde pocas y bien controladas parejas anidan todos los años. También en las islas mediterráneas de Córcega, Cerdeña y Sicilia, siendo dudosa su reproducción en Mallorca. Aunque es sedentaria, durante el otoño se pueden observar individuos inmaduros en países de Centro Europa, pero en número muy escaso.

En la Península Ibérica, es águila escasa que habita cortados rocosos de las principales cordilleras con superior densidad en la mitad Sur y en los Pirineos. En la Cordillera Cantábrica es muy rara.

Se ha anillado muy poco y, dado su carácter sedentario, su escasez y el ser ave protegida, es difícil que pueda haber recuperaciones y éstas no serían a mucha distancia del territorio del nido por lo que ahora se sabe.